Las veces que pasé entre cáscaras y carcajadas

A veces rompo un huevo ligero para hacer una tortilla de miedos y resulta ser solo cáscara. Es entonces cuando se precipita la cascada de preguntas sobre todo lo que pudo ser y no fue en mi vida.

Otras veces me sorprendo a mí misma buscando similitudes entre mis lunares y esa cáscara triste. Escudriñando en mi interior para encontrar algo más que vísceras, órganos y huesos empapados en la sangre que se escapa de mis ojos al darme cuenta de que yo también estoy vacía bajo una capa de piel color alabastro.

Muchas veces me despierto resquebrajada porque algún sueño premonitorio me ha dejado entrever el futuro de una existencia sin yemas en los dedos ni emociones claras. Y otra vez me encuentro abofeteada ante la realidad de mi existencia-cáscara-de-huevo.

El resto de las veces intento solventar mis problemas con cinta aislante en forma de sonrisas de quita y pon o con grapas tamaño dejarse-llevar-por-la-corriente. Juego a intentar que nadie se dé cuenta, a maquillar la opacidad de mi piel-cáscara y de esconderme tras la apariencia de completitud y redondez de mis articulaciones. Soy humana: pelo, piel, grasa, músculos, dientes, uñas. Soy redonda: si empiezas en una punta del pie y vas avanzando en línea recta, volverás al mismo punto. Soy fachada.

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