¿Dónde estás cuando no estás conmigo?

Sé que me lees al otro lado porque, de otra manera, esto que estoy haciendo no tendría sentido. Es mucho más divertido que meter cartas en una botella y lanzarlas al mar porque nunca me ha gustado contaminar el océano (ni arriesgarme a que se mojara justo la parte más importante de lo que te escribo). Ya sabes, por todo eso de la ecología, los delfines y la arena blanca de playas paradisíacas a las que probablemente nunca vayamos juntos.
Sé que me lees o que me leerás algún día y que si lo publico con chinchetas en una página cualquiera de internet, hago exactamente lo mismo que si tirase mis letras a un mar infinito. Las probabilidades de que te llegue son escasas, tu interés por leerlas quizá sea inexistente. Sin embargo, algo más fuerte que las ganas de respirar me dice, me grita que debería ser así. Que el mundo tiene que ser así porque si no que yo esté escribiendo esto en este instante, en este segundo y en todos los otros enormes segundos en los que te he pensado hasta el dolor de cabeza, no tendrían sentido. Porque si no, todas las señales de humo que te lanzo cada día cuando escribo en mi portátil (sí, incluso aquellas que nunca envío) serían en vano. Todas y cada una de ellas son para ti, lector lejano, lector futuro, lector improbable, lector esquivo. Y sin ti, cualquier otra persona que se apodere de este "tú" entre tú y yo es un ladrón, un intruso, un impostor. Sin ti, aquel al que me refiero, este texto no significa puesto que eres tú el que le das el sentido final. Eres tú el que eliges si responder o no a esta llamada de socorro. Eres tú (no tú, lector forastero); tú, lector amado, destinatario de mis repiqueteos en el teclado el único que puede entender lo que esto significa ya que eres tú mismo (no tú, TÚ) quién hace esto inteligible.

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