"Tempus fugit" dicen los que saben...

Igual que todo llega, todo se va. Igual que los nomeolvides nacen, se marchitan.

Todo sucede tan rápido que intentar pararlo solo te deja un paso por delante, siempre moviéndote aunque no quieras. Y es que, aunque sepas que al nacer has aceptado un contrato según el cual el tiempo nunca (jamás) parará, no puedes evitar acabar soñando con detener las manecillas del reloj en los instantes en los que sientes que el sol acaricia tu piel o cuando estás con la persona que te hace sonreír sin decir una palabra. Así mismo olvidas que todo va a acabar algún día, que todas las cosas bonitas que has sentido (el chocolate derritiéndose en nuestras bocas; los paseos por el centro de Madrid que acaban siempre en el mismo sitio sin nunca estar seguros de dónde vamos; los "te quiero" cada noche, cada instante)... todo, algún día desaparecerá. Y ni siquiera podemos saber si será más pronto o más tarde: todo, simplemente, se irá sin avisar y ni siquiera nos dará tiempo a sentirnos mal por habernos perdido todas estas cosas. La muerte no preocupa a quien no piensa en ella, pero no pensar en ella no nos hace inmortales. Aún así... ¿es mejor vivir preocupados y tristes? El ser humano, el único animal consciente de que va a morir, deprimido porque sabe que su existencia tiene un fin cercano (los años, los lustros, las décadas, los cuartos de siglo o, incluso si tenemos suerte, medio siglo o poco más es lo que nos queda...). ¿Miedo? ¿Pavor? ¿Indiferencia?

¿Qué decirle al implacable paso del tiempo que no nos escucha de todas formas? ¿Merece la pena hablarle, gritarle, persuadirle,  si su monótona, pero implacable fuerza nos va a pillar desprevenidos y sin haber disfrutado de todo lo que pretendíamos de todas formas?

Mi único consejo...: vive.

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