Las manos sobre el teclado

Mis manos son del color del amanecer. Cálidas, suaves. Últimamente incluso me pinto, casi por una obligación inconsciente, las uñas de color naranja… Así que aunque vosotros no lo veáis, ante mí se encuentra un ordenador en pleno despertar. Mis manos, fugaces, sobre el teclado le dan color al negro y al blanco al que están relegadas. No llevo pulseras, ni anillos y mi pijama es un color rosa pálido, casi como mi piel. Si miro fijamente el teclado, no distingo cuando comienza mi antebrazo y cuando acaba la manga… La suavidad de los colores sobre mi cama blanca hace que se me entrecierren los ojos. La luz de la pantalla es demasiado fuerte para la miel de mis ojos. Mi pelo juega, curioso, sobre mis hombros susurrándome que es hora de ir a dormir, de dejar de pensar en todas esas cosas que lo ponen nervioso, estirado, que le hacen pasar por peines, secadores y planchas. Mi pelo, como yo, prefiere verse al natural, descuidado y recién levantado. Brillante por haber hecho el amor consigo mismo la noche anterior. Mi pelo juega al pilla-pilla, los mechones tienen batallas entre ellos y cada uno tiene una historia que contar: por eso algunos son castaños, otros un poco más rubios, y algunos, pocos,  rojo fuego. En general, ninguna facción de mi rostro sobresale por su belleza ni por no tenerla. Nariz normal, orejas humanas, mentón común, dos cejas colocadas bastante bien sobre los ojos.

Desde pequeña siempre me gustó jugar a que lo que me hace diferente está en el interior, pero desde entonces siempre jugué también a esconderlo y a creer que poca, muy poca, gente lo ha visto por lo que no tengo manera de afirmar dónde, si es que existe, se encuentra eso que me hace diferente al resto… Sin embargo, mis manos sobre el teclado siguen siendo una delicia aunque nadie más las pueda ver.

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